La obra, recientemente incorporada a las colecciones del Prado gracias al legado del historiador del arte Juan José Luna, se presenta en diálogo con el retrato de María de las Nieves Micaela Fourdinier, esposa del artista, con el que formó originalmente una única plancha de cobre antes de ser dividida.
Realizada en 1783, la obra pertenece a un periodo en el que Paret experimentó intensamente con el óleo sobre cobre, un soporte que permite un acabado de gran precisión y brillo. En ella, el pintor enmarca la escena con un elaborado trampantojo que simula un marco de piedra adornado con cortinajes dorados, un sombrero de paja, hiedra y flores. Son elementos que comparte con el retrato de su esposa y que refuerzan el tono bucólico de la composición.
Las protagonistas son María y Luisa, hijas del pintor, de tres y dos años respectivamente. Paret las representa como pequeñas ninfas en un paisaje natural: María sostiene una pandereta y abraza a su hermana, mientras Luisa juega con un perrillo y luce una chichonera. La escena, en plena naturaleza, conecta con las ideas educativas de Jean‑Jacques Rousseau, influyentes en el ambiente ilustrado que el artista conocía bien.
En la esquina superior izquierda destaca un fragmento de columna cuyo basamento incorpora un mascarón de función protectora, relacionado con figuras como Bes —divinidad ligada a la infancia y la fertilidad— o Medusa. Este detalle, unido a la inscripción en latín que identifica a las niñas (y en griego en el caso del retrato de la madre), evidencia el interés del pintor por la Antigüedad clásica y las lenguas antiguas, rasgo poco habitual entre sus contemporáneos españoles.
El doble retrato de las niñas y el de Fourdinier fueron ejecutados sobre la misma plancha de cobre, que después se separó. Las incisiones y pruebas de pincel en el reverso confirman este origen común. Ambas obras se encontraban entre los materiales de taller que Paret planeaba trasladar a Madrid en marzo de 1787, poco antes de su retorno definitivo tras la revocación de su pena de alejamiento.
La incorporación de María y Luisa, las hijas del pintor al Museo del Prado permite reforzar la presencia de Luis Paret en la exposición permanente, donde aporta una clave fundamental para entender la sensibilidad ilustrada del artista y su refinada técnica sobre cobre. Su llegada no solo completa el relato del pintor dentro de la colección, sino que también ofrece al visitante una mirada más amplia a su producción en pequeño formato, uno de los terrenos donde Paret llevó a su máxima expresión la minuciosidad y el brillo característicos de su pincel.
Fuente: https://www.museodelprado.es/
