De Atocha a Nuevos Ministerios, de Castellana a Recoletos, de la Gran Vía a la Puerta de Alcalá. Tras una emocionante Vigilia de Jóvenes como preludio multitudinario de la presencia del Santo Padre en España, nadie ha querido perderse la celebración del Corpus Christi.
Aunque la programación oficial hablaba de las 10:00hs de la mañana, y las previsiones ya vaticinaban un aluvión de personas desde las 7:00hs, antes de que saliera el sol los ejes centrales de Madrid, con todos sus nombres y apellidos, ya quedaban colapsados. De Atocha a Nuevos Ministerios, de Castellana a Recoletos, de la Gran Vía a la Puerta de Alcalá. Tras una emocionante Vigilia de Jóvenes como preludio multitudinario de la presencia del Santo Padre en España, nadie ha querido perderse la celebración del Corpus Christi.
Con el Palacio de Cibeles como retablo al aire libre, la coreografía se ha orquestado desde primera hora. Cada uno en su sitio y Dios en el de todos. Un ramillete de sacerdotes entraba por la calle Alcalá, con cierto aire de solemnidad, para ocupar la zona central de la plaza madrileña. Junto a la fuente que tantos títulos madridistas ha visto celebrar, la euforia blanca quedaba hoy teñida del negro sacerdotal. Pero no por ello menos euforia. De fondo, y durante casi treinta minutos, los ceremonieros pontificios que acompañan a León XIV se aseguraban del funcionamiento de la megafonía: «Proba, proba, proba. Uno, due, tre».

La marabunta no ha sido tal sólo en Cibeles, claro, sino en toda la capital. Jóvenes y familias, de todas las edades, avanzaban hacia los sectores con banderas, sillas, pancartas y demás atuendos. No hay grupo parroquial sin su gorra propia, ni pastoral universitaria sin una camiseta personalizada. Sobre el escenario, algunos voluntarios terminaban de rematar la decoración floral. Una poda por aquí, un tijeretazo por allá. Son miles de flores las que han coronado el imponente altar instalado frente a la sede municipal, bajo la silueta de un crucificado de estilo románico y un baldaquino de maderas. Madrid, presumida, se ha engalanado para la solemnidad eucarística, y nadie ha querido perderse la venida de León XIV. Era fácil ver, alzando la mirada, a algún ministro y demás políticos, a un nutrido grupo de rectores universitarios, a uno o tal expresidente, y hasta a un famoso entrenador de fútbol. Todos, todos, todos, que diría el Papa Francisco.
Pero en esta totalidad, la jornada ha contado con algunos protagonistas especiales. Entre otros muchos, las miles de familias madrileñas que ocupaban las primeras filas de la Santa Misa. O el sector de accesibilidad, situado en la puerta del Palacio de Linares, donde decenas de voluntarios han posibilitado la presencia de peregrinos con discapacidad. Esteban nos contaba: «Nuestra labor consiste en que disfruten y hacer realidad su ilusión de ver al Papa». O los niños y niñas que este año han hecho su Primera Comunión, y que esperaban disciplinadamente sentaditos antes de acompañar al Papa en el tramo de la procesión. Son los rostros concretos que componen el mapa de esperanza de la venida de León XIV. No en vano ha venido a verlos a ellos.

A eso de las 9:18hs las pantallas han cambiado los vídeos promocionales de la Visita por una imagen que rápidamente ha levantado a los fieles: el Papamóvil ya estaba en marcha. En su camino desde la Nunciatura Apostólica, donde ha descansado León XIV, hasta el altar de Cibeles, el Papa se ha desplazado en su particular cabalgata de aplausos y saludos. Con un Papamóvil abierto por los laterales, no ha dejado esquina sin recorrer ni sonrisa por derramar. Su gesto siempre lo dice todo, y España le ha esculpido una sonrisa permanente.
No ha sido hasta las 9:32hs que el Santo Padre ha irrumpido en la Plaza de Cibeles. Los miles de sacerdotes, rendidos ante la fiebre del madrileñismo, anunciaban su llegada revistiéndose de blanco. Alba blanca y estola blanca para recibir a un León XIV que también aparecía de un blanco inmaculado, sin la muceta roja que portó en su recorrido de ayer. Su paseo, de ida y vuelta, hacia arriba y hacia abajo, se ha prolongado más de tres kilómetros. España entera contenida en un recorrido de ilusiones, y los niños encaramados a las vallas como zaqueos. Cada uno buscando un sicómoro particular.

Tras recibir la llave de la ciudad de Madrid de manos del alcalde, José Luis Martínez Almeida, la comitiva del Papa se ha dirigido a la sacristía improvisada en el Palacio de Cibeles. Tras este acto, el Pontífice estampó su firma en el libro de honor de la ciudad y quiso dejar constancia de un deseo para el futuro de la capital. «Que Madrid siga siendo una ciudad acogedora e integradora, donde la vida en sociedad se inspire en los auténticos valores humanos», escribió León XIV en el libro de visitas. Y a las 10:02hs, tras afinar los instrumentos –la coral y la orquesta ya preparada–, subían la escalinata central los Reyes de España, acompañados de la Princesa Leonor y la infanta Sofía. Todo listo para comenzar la celebración de la Eucaristía, bajo un sol de solemnidad que pedía sombreros y abanicos. Llegaban entonces las primeras cifras de la Policía Nacional: más de 1.200.000 peregrinos congregados para la Santa Misa. «Pueblo de reyes, asamblea santa, pueblo sacerdotal».
Con la solemnidad propia del Corpus Christi, y de las celebraciones pontificias, y si me apuras hasta de la céntrica plaza madrileña, ha sido don José Cobo el encargado de dar la bienvenida al Santo Padre en la monición de entrada: «Le damos la bienvenida con alegría sincera y corazón agradecido. Hoy Cristo vuelve a reunir a su pueblo para alimentarlo con el pan de la vida». Desde entonces, la orquesta y el coro, formados por más de 400 voluntarios –entre ellos niños de las escolanías de El Escorial y de la Abadía de la Santa Cruz–, han puesto los acordes musicales a la Eucaristía.

Aunque todas las expectativas estaban puestas en la procesión del Corpus Christi –no suena mal: el Papa portando el Santísimo frente a la Gran Vía–, los cientos de miles de peregrinos han enmudecido durante la homilía de León XIV, que reconocía, en las primeras palabras de su intervención, tener «el corazón colmado de alegría»: «Aquí en Madrid, pero también en tantos otros lugares de España, el Corpus Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios». Una fidelidad que –todos lo hemos experimentado– en España se vive con especial riqueza: «La elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias, de los cantos y los ornamentos». El Santo Padre parecía hacer, de alguna forma, un examen de conciencia en voz alta. Y todo estaba preparado como debía.

Pero la procesión va siempre por dentro. Así lo ha recordado León XIV: «No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo». Porque las procesiones están fenomenal, pero son las almas encendidas, las que se dejan transformar, las que procesionan por el mundo con mayor testimonio. «En la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día», ha rematado el Papa.
Y recordando a San Manuel González, obispo de los sagrarios abandonados, León XIV ha dirigido «una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy». Conocedores de esta escuela son, precisamente, las decenas de seminaristas diocesanos que, al término de la homilía, entraban en el sector de los sacerdotes concelebrantes con grandes cajas de cartón: custodiaban dentro los más de 4000 copones fabricados para esta solemnidad del Corpus Christi. Quien los conoce, lo sabe.

Aunque el calor madrileño ha apretado durante toda la mañana, la ceremonia se ha desarrollado con un inusitado recogimiento, que se ha hecho quizás aún más profundo en el momento de la Comunión. Las voces blancas del inmenso coro entonaban melodías eucarísticas mientras se desplegaba abajo, en el entramado de calles, sectores y accesos, un reparto imposible. El ánimo del millón de peregrinos, volcados con esta espiritualidad viva que crece y se afianza en España, ha hecho que comulgar sea un milagro, un milagro patente, también gracias a los miles de voluntarios y sus paraguas. El Santo Padre contó durante la celebración con estos miles de «monaguillos», casi todos voluntarios adolescentes, desplegados por toda la ciudad.
A las 11:30hs exactas ha comenzado a sonar el «Pange lingua», y la custodia con el Santísimo aparecía sobre el altar. Uno puede imaginar a Santo Tomás de Aquino componiendo en Orvieto, Italia, los compases que esta mañana entonaba la coral, pero uno nunca hubiese imaginado escucharlos precisamente en el Madrid de nuestro tiempo. Arrancaba así la procesión con el Santísimo Sacramento, que ha recorrido la glorieta de Cibeles en dirección Gran Vía. Precedido por los niños de la Diócesis de Madrid que han hecho la Primera Comunión hace apenas unas semanas, al igual que los sacerdotes diocesanos recién ordenados. Toda una suma de novedades escoltando una certeza tan antigua.

En esa tesitura comenzó a sonar «Nada te turbe, nada te espante», haciendo presente a Santa Teresa de Jesús con este precioso canon que todavía resuena, sobre todo, en nuestros corazones. Porque una de las primeras conclusiones compartidas por todos es precisamente esta: el recorrido con el Santísimo ha sido el momento de mayor emoción del día, probablemente del fin de semana y quizás hasta lo sea de todo el Viaje Apostólico. Un aplauso improvisado ha recorrido Madrid ante nuestra falta de palabras. León XIV sujetaba en sus manos la custodia y bajo un palio dorado ha recorrido con el Santísimo la principal arteria del centro de Madrid.

Pasadas las 12:10hs se ha reservado el Santísimo y León XIV, ante la antenta mirada de este amplio millón de peregrinos, se ha despedido con una gran sonrisa. La suya es la nuestra. En la memoria de Madrid queda grabado este 7 de junio como el día en que más de un millón de peregrinos, en la capital de España, experimentaron la cercanía de un pastor universal. La jornada en que el obispo de Roma se hizo, de alguna forma, obispo de Madrid.
Fuente: https://conelpapa.es/
