Este enorme cuadro (315 x 437 cm), hoy desconocido para el gran público, acaparó en su día todas las miradas en el museo, donde llegó a eclipsar a las figuras de Francisco de Goya y José de Madrazo durante el reinado de Fernando VII.
“El objetivo es invitar al espectador a contemplar una obra que, más allá de sus méritos estéticos, nos ayuda a reflexionar sobre aspectos de la historia del arte que a menudo pasan inadvertidos», según Miguel Falomir, director del museo.
Aclamada como un gran hito artístico de su tiempo, jaleada en la prensa, multiplicada en estampas, celebrada en canciones y poemas, esta pintura de historia también sirvió como artefacto político. La reconstrucción de su ubicación original en el Museo del Prado en 1819, convertida en uno de sus principales iconos —por encima de obras hoy indiscutibles como Las meninas—, desvela el peaje ideológico que impuso el absolutismo de Fernando VII.
La muestra analiza, hasta el 13 de septiembre en la sala 66 del edificio Villanueva, el auge y caída de una gloria nacional que pasó de ser la metáfora visual más potente de la España del siglo XIX a convertirse en mera anécdota local. Mediante este ejercicio expositivo, el Prado invita a reflexionar sobre los vaivenes del arte y de la crítica, la propaganda, la invención del gusto y el papel de los museos.
El escritor Umberto Eco imaginó un museo ideal dedicado a una sola obra: un espacio donde los relatos se acumularan en torno a ella para culminar, como ejercicio último, en la contemplación y comprensión del público. Esta visión resuena con fuerza en el nuevo programa del Museo del Prado, «Una obra, una historia», cuyo formato parece diseñado a medida de El año del hambre en Madrid (1818), de José Aparicio. En palabras de Miguel Falomir, director del museo, el propósito es “invitar al espectador a contemplar una obra que, más allá de sus méritos estéticos, permita reflexionar sobre aspectos de la historia del arte que a menudo pasan inadvertidos».
En este lienzo —uno de los más aclamados y controvertidos de la pinacoteca desde su apertura en 1819— se agolpan sucesos y personajes que demuestran que una sola obra puede servir para reconstruir la complejidad de un universo pasado sin perder su vigencia actual. El retorno al Prado —aunque sea de modo temporal— del que se conoció en su época como “cuadro del hambre”, ofrece la oportunidad de contemplar con los ojos de hoy la que fuera una de las pinturas más célebres de la España de Fernando VII; de hecho, de ningún otro cuadro se escribió más en las décadas posteriores a la apertura del museo en 1819.
El año del hambre en Madrid regresa al Prado con todo lo que arrastra consigo: el recuerdo de una catástrofe, la ambición política con la que fue concebido, los malentendidos en su recepción y la erosión de su prestigio. En esta ocasión, además, esta revisión crítica ha estado acompañada de una ambiciosa restauración del cuadro que ha mejorado su estabilidad y su legibilidad.
Fuente: https://www.museodelprado.es/
