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Economía de guerra, el negocio de la inseguridad geopolítica permanente

by ElVeraz mayo 21, 2026
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¿Quién gana y quién pierde en una economía orientada a la guerra? Son elevados los beneficios de quienes se aprovechan de una situación de conflictividad “sistémica”. Las industrias de la tecno-defensa, el sector del petróleo y el ámbito del armamento son los principales beneficiarios. Sin embargo, pocos hablan de los costes en términos de vidas humanas, medio ambiente, fragilidad de las relaciones internacionales y restricción de las libertades personales. Entrevista con Vittorio Pelligra, prof

La guerra genera beneficios y considerables oportunidades de negocio. Se benefician especialmente algunos países y sectores económicos, y no necesariamente aquellos vinculados al ámbito de la economía sumergida. El “Financial Times” ha recordado cómo en los últimos meses, a pesar de la crisis en Oriente Medio en curso —o quizá gracias a ella—, el conjunto de las actividades productivas a nivel global ha seguido creciendo a un ritmo superior al 3% anual. Pero si el rebote del que se beneficia la economía en caso de conflictos armados o crisis de diversa naturaleza ya no es un misterio, hoy lo que se ha convertido en un negocio es el miedo, gracias al cual, y en torno al cual, se está estructurando un nuevo orden mundial basado en la inseguridad y la inestabilidad. Ya no es algo material, podría decirse, sino un bien sobre cuyo valor se apuesta hacia el futuro: una especie de “futuros”, como en los mercados financieros, con el agravante de una ausencia total de riesgo, que en realidad es una característica esencial de toda inversión. La conclusión es que la paz, en sí misma, ya no resulta rentable.

La “nueva monarquía del miedo”

De ello está convencido Vittorio Pelligra, profesor de política económica y director del Centro de Ciencias del Comportamiento y Estadística de la Universidad de Cagliari, experto en economía civil y estudioso de la aplicación de modelos teóricos mediante el diálogo con la psicología cognitiva y las neurociencias, quien en varias intervenciones recientes ha hablado de una “nueva monarquía del miedo”. “Hoy ha cambiado profundamente el modelo de negocio de quienes operan en el sector de la llamada tecno-defensa, que ya no se basa solo en la producción de armamento”, dice en una entrevista con los medios vaticanos.

Esto ocurre porque el nuevo criterio dominante —ya no dentro del marco de la disuasión, “según el cual uno se arma para enviar una señal a los potenciales adversarios sobre los costes que sufrirían si lanzaran un ataque”— es lo que los expertos llaman “pre-emption”, es decir, una acción preventiva mediante la cual se tiende a prepararse para algo que podría ocurrir aunque aún no haya ocurrido y quizá nunca ocurra. En esencia, se debe mantener una situación de peligro constante. En este paso de la disuasión a la pre-emption, “la inseguridad geopolítica se convierte en el humus sobre el cual prospera esa industria”, y al mismo tiempo en un multiplicador del crecimiento del armamento, así como “en una forma de capital de la que nos volvemos dependientes”.

Por tanto, toda la industria de la defensa ya no sirve para garantizar mayor seguridad, sino que se desarrolla sobre un estado de inseguridad permanente, del que necesita para crecer. Se estructura así una “causalidad circular” mediante la cual la inestabilidad geopolítica impulsa nuevas inversiones, pero esas inversiones tienen como objetivo que la inseguridad no desaparezca.

Armas y defensa, los primeros beneficiarios

El interés en que esto ocurra tiene nombres y apellidos. Ante todo, el enorme aparato de grandes empresas tradicionales del sector defensa, tanto en Europa como en Estados Unidos, que han encontrado una nueva juventud en estos años. Basta con mirar sus cotizaciones en bolsa.

Según el “New York Times”, en dos meses de guerra en Irán el Pentágono gastó más que la suma destinada cada año a municiones, y para el próximo presupuesto federal Donald Trump ha solicitado que a defensa se le asignen 1,3 billones de dólares, con consiguientes enormes ganancias para las industrias del sector. El último informe del SIPRI muestra que entre 2021 y 2025 el volumen global de compras de armas aumentó un 9,2%. En el mismo periodo, Europa —debido a las transferencias a Ucrania y los proyectos de rearme— ha triplicado las importaciones de armamento, representando el 33% del total mundial frente al 12% del periodo 2016-2020.

El control tecnológico como dato inevitable

Existe además todo un ecosistema de empresas de nuevas tecnologías vinculadas a la robótica, la inteligencia artificial y la extracción y gestión de datos. La seguridad se entiende como la capacidad de anticipar, prever y reaccionar antes de amenazas más o menos concretas.

En esta galaxia se encuentran, por ejemplo, Palantir o Anduril (la primera, por dar un dato, presentó el mes pasado unos resultados trimestrales con un aumento del 85% respecto al mismo periodo de 2025, y una previsión del 71% adicional para el año en curso). Son startups de alta tecnología que trabajan para gobiernos y departamentos de defensa, pero tienen características distintas a los grandes contratistas del Estado, porque innovan e invierten donde consideran más rentable.

No están dirigidas por el poder público, sino que influyen en las inversiones de los gobiernos y cuentan con un flujo constante de contratos multimillonarios. Además, la conexión entre tecnología y armamento hoy está explícitamente teorizada. En su último libro, Alex Karp, CEO de Palantir, explica el deber moral de las empresas tecnológicas de colaborar con la administración para hacer el país más seguro y defender Occidente de amenazas externas.

La tecnología no es un poder neutral, escribe Karp, sino geopolítico, y debe convertirse en aliada de las democracias frente a las autocracias como China. Hoy, lo que pesa no son solo los Estados y los ejércitos, sino sobre todo algoritmos, datos, software e inteligencia artificial.

El “capitalismo de la vigilancia”

Es el “capitalismo de la vigilancia”, denunciado entre otros por la socióloga Shoshana Zuboff en su obra de 2019. No son pocos los que creen que un mundo más controlado, donde las vidas estén bajo la supervisión de un “gran hermano” institucional o no, puede ser incluso preferible.

De Orwell a Dave Eggers, la literatura distópica ha anticipado con extraordinaria precisión aspectos de la realidad actual, con amenazas evidentes a la privacidad y las libertades personales. En la base está también el mito de la transparencia total.

“El problema —señala Pelligra— es quién controla a los controladores. Estos instrumentos están en manos de pocas personas que escapan completamente al control democrático. El ‘para quién, por qué y cómo’ hacen determinadas operaciones es opaco y el debate público no logra abordarlo, mientras que la política ha perdido la ambición de guiar”.

La implicación es que, cuando el “estado de excepción” se vuelve la norma, la decisión política se vuelve superflua: si el rearme se presenta como necesidad, no hay espacio para alternativas. Los ciudadanos se ven obligados a aceptar narrativas que presentan el peligro como inminente e inevitable, justificando violaciones de la privacidad en nombre de un supuesto bien mayor.

El peligro de una tecnología sin límites

La síntesis de todo esto está en el pensamiento de Peter Thiel, fundador de Palantir, según el cual la tecnología decide y la política ejecuta. En contraste con la doctrina social de la Iglesia, se impone la idea de que todo lo técnicamente posible es también correcto y obligatorio.

Una visión del progreso tecnológico sin límites éticos, morales ni democráticos. Thiel sostiene que la tecnología puede formar consenso eludiendo los procedimientos tradicionales.

Los beneficios del sector energético y petrolero

No solo la tecnología y la defensa se benefician de una economía de guerra, sino también el sector energético: materias primas y petróleo principalmente. Según Bloomberg, los operadores del mercado del crudo registran los mayores beneficios desde 2022, año de la invasión rusa de Ucrania.

Empresas como Vitol, Trafigura, Gunvor o Mercuria Energy obtendrían ganancias multimillonarias. El precio del Brent se mantiene por encima de los 100 dólares por barril. Entre los países beneficiados están Estados Unidos, Rusia, Indonesia (carbón) y Noruega.

Se benefician las grandes petroleras como ExxonMobil, Chevron, BP, Shell y TotalEnergies. Moscú también obtiene ventajas por cambios en los flujos energéticos y sanciones.

Beneficios en las bolsas y mercados

También los mercados financieros ven subir las cotizaciones de determinados valores. El S&P 500 ha ganado más del 3% en el periodo febrero-abril de 2026, con un incremento anual del 30%.

“La inseguridad y el miedo para algunos son formas de capital con enormes rendimientos”, dice Pelligra. Sin embargo, otros sectores sufren dificultades porque la incertidumbre bloquea la planificación y la inversión.

Sobre quién recaen los costes

Se habla poco de los costes de la economía de guerra, más allá de las cifras de víctimas. Entre ellos están los sectores que no logran financiación para proyectos de paz o transición energética.

También la fragilidad de las relaciones internacionales: el sistema multilateral se ha debilitado, los antiguos aliados se distancian y prevalece una lógica hobbesiana de conflicto permanente.

Se reducen los espacios democráticos, se polariza el debate público y se debilita la complejidad del análisis. Además, se deterioran las libertades personales y la privacidad.

“Whatever it takes” por el bien común

A pesar del panorama, Pelligra sostiene que existen soluciones. La primera es cultural: cambiar la narrativa belicista y recuperar una visión de paz que no se base en el miedo.

La presión ciudadana y la reconstrucción de alianzas políticas pueden ayudar a revertir la tendencia. También los consumidores pueden influir con sus decisiones de compra e inversión.

En definitiva, “whatever it takes” para no perder la esperanza, volver a situar en el centro la protección de las libertades, la justicia y el bien común, y devolver a la política el papel que le corresponde.

Fuente: https://www.vaticannews.va

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