Argentina, el show del patriotismo y la lección para Chile
Argentina apela al patriotismo mientras Chile levanta la mirada sobre el Estrecho de Magallanes: fragatas británicas, F-16 y la lección de la historia, en la crónica de Herman Hepp.
RedacciónLectura 6 min
Por Herman Hepp
Argentina cada día se vuelve menos creíble. Todo este espectáculo responde a un patrón antiguo y demasiado conocido en los llamados países bananeros. Y aclaro: soy de derecha, pero en Chile no necesitamos recurrir a estos resquicios.
Milei difícilmente podrá reformar económicamente a Argentina si las encuestas indican que no sería reelegido. Su única salida parece ser apelar al patriotismo. En ese escenario, el Reino Unido y Chile le sirven, políticamente hablando, como papel higiénico: le permiten levantar los bonos perdidos por ajustes económicos que, aunque necesarios, golpean al sector medio argentino después de al menos 70 años de corrupción, principalmente bajo gobiernos peronistas.
Pero parece que no esperaban la reacción chilena. El cansancio frente a las faltas de respeto de Argentina hacia Chile, y el trato displicente de parte de autoridades y comunicadores durante los últimos 200 años, se ha hecho evidente. Algo similar ocurre con el Reino Unido, que también parece haberse cansado de ser ninguneado. La oferta de armar en Chile fragatas con tecnología británica es, para nosotros, una oportunidad excelente.
Prudencia estratégica
Si Chile es astuto, no debería manifestar públicamente la compra de aviones a Estados Unidos hasta que Trump termine su período, especialmente si se eligen los F-35. También están sobre la mesa los Eurofighter Typhoon y los Rafale europeos. Todavía tenemos tiempo mientras observamos cómo se mueven nuestros vecinos en el ámbito armamentista.
Hay una reflexión que escuché y que me parece brillante sobre el comportamiento político y social de los argentinos en materias fronterizas: si con apenas seis F-16 ya pretenden apropiarse del Estrecho de Magallanes, ¿qué ocurrirá cuando tengan físicamente los 24 F-16? Me baso en declaraciones públicas de generales y almirantes en servicio activo, de políticos e incluso del canciller argentino, quienes han presentado la binacionalidad del estrecho como un hecho consumado. Si Chile no protesta, esa conducta puede consolidarse y terminar en un arbitraje en La Haya u otro tribunal.
El Estrecho de Magallanes siempre ha sido chileno. Antes formó parte del Imperio español, nunca de Argentina. Y no es broma agregar que, con una mayor capacidad aérea argentina, también podría aumentar el riesgo respecto de nuestra Isla de Pascua. Con nuestros vecinos debemos llevarnos bien, pero bien armados para ser respetados.
Historia que no conviene olvidar
Con Estados Unidos también debemos ser inteligentes. Somos aliados, pero no bananeros suyos. La historia nos respalda: el caso del barco Baltimore en Valparaíso, a fines del siglo XIX, terminó con una riña entre marineros borrachos y dos muertos estadounidenses. Estados Unidos protestó contra Chile, y Argentina aprovechó de ofrecerles su territorio por si necesitaban invadirnos. Soberanos oportunistas, sin más.
En ese mismo siglo, cuando Estados Unidos casi bombardeó Panamá, Chile socorrió al país centroamericano con su Armada. Así se evitó el ataque. Después de ganar la Guerra del Pacífico, Chile era el dueño del Pacífico Sur, mientras Estados Unidos aún no era la potencia que llegaría a ser a fines del siglo XIX.
El Tratado de 1881 con Argentina fue firmado bajo coacción: estábamos en plena Guerra del Pacífico y Argentina se aliaba con nuestros enemigos, Perú y Bolivia. Su reacción fue la de un país traidor y oportunista. Chile es constantemente pasado a llevar por esta lógica. Nos ven como un país geográficamente angosto, pero somos la Suiza de Sudamérica: montañas, un territorio difícil de domesticar y una posición que estorba sus pretensiones de ser una potencia bioceánica. Esa es la verdadera razón geopolítica argentina hacia Chile, aunque no siempre se manifieste públicamente.
San Martín, Carrera y las consignas
Desde nuestra independencia, Argentina nos ha ninguneado, incluso afirmando que San Martín es nuestro libertador. Eso es falso. San Martín mandó a matar al general Carrera y le quitó los barcos que este había traído desde Estados Unidos, pagados con su propia fortuna en Buenos Aires. Carrera fue preso por San Martín, quien ayudó a O’Higgins, pero también vino a Chile a buscar los dineros que O’Higgins recibió del Imperio británico para financiar las independencias de Chile, Argentina y el Perú. Con lo que le quedó, San Martín se fue a vivir holgadamente a Europa, donde murió.
Por eso hay que estudiar historia de verdad, antes de repetir consignas de profesores ignorantes en escuelas argentinas, chilenas y de otros países de la región. En ese siglo, los imperios eran enemigos y ayudaban a las provincias de ultramar a independizarse. Así ocurrió con los británicos en la América hispana, y con España, que ayudó a la independencia de Estados Unidos con dinero y militares. El mejor ejemplo es Bernardo Vicente Apolinar de Gálvez y Madrid, primer conde de Gálvez, en cuyo honor existe hoy la ciudad de Galveston, en Estados Unidos.
Provocaciones y debilidades chilenas
Luego vinieron las provocaciones argentinas. En los años 50, Argentina tomó el islote Snipe, en el canal Beagle, territorio chileno, destruyendo nuestro pabellón patrio para colocar el suyo. Gracias a Dios, aquello se pudo superar. Después, en los años 60, en Laguna del Desierto y el cerro Fitz Roy —territorio chileno—, gendarmes argentinos mataron al teniente de Carabineros Hernán Merino. Chile no reaccionó con la firmeza necesaria y, además, terminamos perdiendo un arbitraje con juristas que no eran especialistas en fronteras. Esa fue, claramente, una responsabilidad de la Concertación, que nos gobernaba en los años 90 y no supo defender bien nuestros intereses.
Tenemos también el caso de 1978. Con la Enmienda Kennedy, que impedía venderle repuestos militares a Chile desde Estados Unidos —gracias al senador demócrata del mismo apellido, por las supuestas violaciones de DD. HH. del gobierno militar—, estuvimos a punto de enfrentar dos guerras: una civil y otra con Argentina. Y en 1975, con el Perú. ¿De qué hablamos, señores?
En 1973 había 15.000 guerrilleros cubanos en el país. Nadie dice nada sobre ellos. ¿Qué pasó? Reconocerlo sería admitir la invasión del comunismo, y por eso prefieren callar. Estas supuestas violaciones de DD. HH. deben investigarse a fondo, revisando todos los juicios, para llegar algún día a un diagnóstico fidedigno de la historia. La historia debe volver a ser importante en nuestras aulas, para no dejarnos embaucar por las manipulaciones de la izquierda internacional.
1982 y la amenaza explícita
Para terminar, nunca olvidemos la Plaza de Mayo del 12 de abril de 1982, cuando las masas y el general bananero Galtieri gritaban con pasión: “TERO, TERO, TERO. PRIMERO VAMOS POR LOS INGLESES Y LUEGO POR LOS CHILENOS”.
Y en 1978, cuando casi fuimos invadidos, un general argentino decía: “Tomaremos desayuno en Santiago de Chile y por la tarde mearemos en las playas de Viña del Mar”.
Es una lástima que un gobierno libertario se preste para enemistar a los pueblos, sobre todo cuando compartimos ideologías políticas afines. Pero la historia se repite. En 1978 ambos países eran gobernados por militares anticomunistas, y se dice que Videla y Pinochet tenían cercanías importantes. Sin embargo, en Argentina, aviación, armada y ejército tenían profundas disputas políticas entre sí, lo que creaba un riesgo adicional. En Chile eso no ocurre, gracias a nuestra doctrina militar y de seguridad nacional.
Por eso hemos ganado todas las guerras en que hemos participado: se habla poco y se trabaja en silencio. Nuestros vecinos y sus Fuerzas Armadas no proceden así; no es su doctrina. Prefieren abrir la boca. Y, como dice el refrán: por la boca muere el pez.



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