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Blas Infante en Agmat (Marruecos), en la tumba de Al Mutamid (1924). Fuente: elpais.com

La verdad sobre el complot de Tablada y el Estado Libre de Andalucía, el libro de Blas Infante y que la Junta de Andalucía regala en pdf

by ElVeraz agosto 9, 2026
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Lo que Blas Infante confiesa en Segunda entrega de la serie sobre la «Biblioteca Blas Infante» que la Fundación Pública Andaluza Centro de Estudios Andaluces (CENTRA) ofrece en PDF a los españoles. Todas las citas remiten a la edición oficial de la Junta de Andalucía —1.ª edición, noviembre de 2017; 1.ª reimpresión, julio de 2022; ISBN 978-84-944564-9-7—, que es exactamente el archivo que cualquiera puede descargar. Se indica la página entre paréntesis. No hay aquí una sola palabra puesta en su boca: hay páginas, y hay tijeras que no hemos usado.


I. Un libro escrito por un hombre acorralado, que por eso mismo habla claro

En julio de 1931, tres meses después de proclamada la República, Blas Infante rompe un silencio periodístico de años. Lo explica en la primera línea del primer capítulo: «Hace muchos años que dejé de escribir para la prensa diaria» (p. 85). Escribe porque su nombre ha aparecido en los diarios y en el Parlamento, asociado a un supuesto complot revolucionario en el aeródromo sevillano de Tablada. Los artículos aparecen en el diario madrileño La Tierra —él mismo lo consigna en nota (p. 85)— y después se reúnen en folleto, con prólogo de la Junta Liberalista de Andalucía.

Ese origen es la clave de todo. Ideal Andaluz (1915) es un libro de propaganda escrito para ser aceptado; Tablada es un libro escrito para desahogarse. Y cuando Infante se desahoga, cuenta la verdad sobre sí mismo con una franqueza que ninguno de sus adversarios habría conseguido arrancarle. El prólogo de la Junta Liberalista abre con una frase que conviene retener, porque marca el tono de las doscientas páginas siguientes: Andalucía es un pueblo «arruinado por la enemiga de Europa contra Andalucía» (p. 81).

Europa es el enemigo. Y España, en esta obra, no es la víctima de Europa: es su instrumento.

Antes de entrar, un detalle que el lector agradecerá conocer. En la página 83, a modo de dedicatoria, la Junta Liberalista imprime tres líneas dirigidas al lector español: «Ahora que la calumnia dejó de ladrar; español, lee y medita» (p. 83).

Hagámoslo. Leamos y meditemos.


II. La historia de España, contada del revés: los españoles son «los bárbaros»

El corazón doctrinal del libro es el capítulo IV, «La Revolución Andaluza». Ahí Infante despliega, en unas pocas páginas de prosa febril, una historia de España completa. Y en esa historia hay dos sujetos: Andalucía, culta, pacífica, luminosa; y «los bárbaros», que son sucesivamente los godos, los cristianos del Norte, Castilla, Europa y, finalmente, España.

Empieza por los visigodos: «Los bárbaros (los germanos), vienen por primera vez; establecen en Andalucía su sistema de división y despojo territoriales, base del feudalismo medieval» (p. 133). Los llama bárbaros a ellos, es decir, a la monarquía que fundó la unidad católica de España. Pero hay un rey godo que se salva de la condena, y merece la pena saber por qué se salva:

«Pero hay un bárbaro andaluzado. (…) Este bárbaro era humano y utópico. Una de las más grandes figuras de la Historia. (…) Se nombraba Witiza. Protege a los judíos (…) Ordena convertir las armas en instrumentos de labranza, derrumba fortalezas, desobedece a los Concilios de los Obispos, permite el matrimonio entre los clérigos…» (p. 133).

Witiza —el rey de la leyenda negra goda, el precursor de la traición del 711— es «una de las más grandes figuras de la Historia» porque desobedeció a los obispos. Y a continuación, la reacción católica: «Los bárbaros reaccionan. Triunfa la reacción, y Cristo germanizado (clave esta fórmula de la historia medieval), vuelve a reinar con Rodrigo» (p. 133).

Y entonces llega el 711. Que en la historia de España es la catástrofe, la invasión, el comienzo de ocho siglos de lucha. En Infante es la liberación, y la cuenta con entusiasmo militar:

«Legiones raudas y generosas corren el litoral africano predicando la unidad de Dios. (…) Acude entonces Tarik (¡14.000 hombres solamente!). Pero Andalucía se levanta en su favor. Antes de un año, con el solo refuerzo de Muza (20.000 hombres), puede llegar a operarse por esta causa la conquista de España. Concluye el régimen feudal germano. Hay libertad cultural» (p. 133).

Nótese la aritmética admirativa —esos signos de exclamación ante el número de invasores—, nótese «legiones raudas y generosas», y nótese sobre todo el sujeto de la frase: no fueron los musulmanes los que conquistaron España; fue Andalucía la que se levantó a su favor. Los andaluces, según él, no fueron conquistados: colaboraron. «Andalucía entera aprende el árabe, y dice que se convierte» (p. 133).

Y el remate: «Al-Andalus, ¡Andalucía libre y hegemónica del resto peninsular!» (p. 133).

Libre. Y hegemónica sobre el resto de la Península. Ese es, literalmente, el ideal político que se enuncia en un libro que hoy la Junta de Andalucía distribuye gratuitamente con fondos públicos.

Frente a ese esplendor, la Europa cristiana: «Europa germánica, es un anfictionado, bárbaro, inspirado por el Pontífice de Roma» (p. 133). Y el motivo del odio europeo, según él, es religioso y sólo religioso: «Pero Europa, tiembla de envidia; se consume de rencores. Ella es cristiana. Andalucía, con nombre islámico, es librepensadora» (p. 133). Y en la página siguiente, sobre los sabios europeos que estudiaron a los andalusíes: «Todos sus grandes hombres, teólogos, filósofos, médicos, poetas, son discípulos de Andalucía. Pero la odian, ¡No es cristiana!» (p. 134).

España aparece por fin, y aparece como sicaria: «España, instrumento de Francia; los bárbaros expulsados por el auxilio árabe, con la colaboración de Europa entera, vienen otra vez contra nosotros» (p. 134).

«Contra nosotros». Blas Infante escribe «nosotros» y no se refiere a los españoles. Se refiere a los musulmanes de al-Ándalus.


III. Las Cruzadas y la Reina Católica: el pasaje más brutal del libro

Lo que sigue no requiere comentario, sólo transcripción honesta. La Reconquista:

«¡Las cruzadas! El robo, el asesinato, el incendio, la envidia destructora, presididos por la Cruz. Nos quitan nuestros territorios peninsulares, y llamándonos perros nos despeñan por los barrancos de la Mariánica» (p. 134).

Ocho siglos de esfuerzo de un pueblo por recuperar su tierra reducidos a robo, asesinato e incendio «presididos por la Cruz». Y San Fernando, el rey santo que devolvió Sevilla y Córdoba a la Cristiandad, despachado con un mote de taberna: «Fernando el Bizco nos arrebata Córdoba y Sevilla. Sangre y fuego» (p. 134).

Y después, Isabel la Católica. La mujer que unió España, que financió el descubrimiento de América, que abrió la historia moderna de Occidente. Este es el retrato que la Junta de Andalucía regala en PDF a los españoles:

«Por último, ISABEL, la empeña-joyas, la Católica, título que le concede el Papa, por haber degollado la valiente población malagueña; por haber repartido las doncellas andaluzas como a esclavas entre sus damas; por haber enviado al mismo Papa parte del botín, y un escuadrón de esclavos andaluces, cautivados en la rendición de Málaga; Isabel, la bárbara, grosera, fanática, hipócrita, y cuya figura y cuyo reinado (…) son los más desastrosos que tuvo España» (p. 134).

Cuatro adjetivos en fila —bárbara, grosera, fanática, hipócrita—, la burla del apodo («la empeña-joyas»), la acusación de esclavista y de comerciar con el Papa, y la sentencia final: el reinado más desastroso de la historia de España. Añade además que lo demostrará «en próxima revisión» (p. 134): tenía intención de dedicarle un libro entero.

Y a continuación la Inquisición, los repartimientos y la destrucción del paraíso, con una cita de Abubeka que Infante suscribe: «A medida que las cruces y las campanas iban afeando las airosas torres de las mezquitas, la tierra de jardín se tornaba en yermo, y la cruz presidía la esterilidad de los campos, cerrados a los andaluces» (p. 134). Las cruces y las campanas afeando las mezquitas. La cruz presidiendo la esterilidad.

El párrafo cierra con la continuidad dinástica del crimen: «Los Austrias continúan la obra de Isabel» (p. 134). Y en la página siguiente, la unidad española como aculturación forzosa: «El despiadado asimilismo viene a imperar. Se castiga el baño, se proscriben el traje, la lengua, la música, las costumbres, bajo graves tormentos» (p. 135).

Aquí llega la frase que resume su idea de qué es un español andaluz: «al cabo de tres generaciones los andaluces creen que son europeos, y que los moros que había en Andalucía eran unos salvajes que ellos vinieron del Norte a echar más allá del Estrecho…» (p. 135).

Es decir: usted, andaluz, se cree español y europeo, y se equivoca. Usted es morisco. Su conciencia nacional es un engaño de tres generaciones. Y Andalucía «Quedó en sus pueblos, esclavizada en su propio solar» (p. 135), poblada por «los moriscos sumisos de conversión anterior» y «los moriscos que retornaron de la forzosa emigración» (p. 135). De ahí saca hasta su célebre etimología del flamenco: «Son los flamencos (felah mengu —campesino expulsado—)» (p. 135).

Toda la cultura popular andaluza, en su lectura, es un residuo morisco disfrazado. Toda la historia de España, un crimen. Todo español no andaluz, un bárbaro del Norte.


IV. El islamismo: no una simpatía estética, sino un programa de política exterior

Se ha querido presentar el andalusismo de Infante como romanticismo de notario aficionado a la arqueología. El libro lo desmiente en tres páginas concretas, donde el amor a al-Ándalus se convierte en propuestas concretas al Estado español.

Primero, la reivindicación de la Mezquita de Córdoba. Textual:

«El rincón sobre el cual se alza la gran Aljama de Occidente. La restitución de esta mezquita a la religión, a la cual le fue arrebatada, atraería hacia España el amor del Oriente» (p. 140).

En 1931 —noventa y cinco años antes del debate actual— Blas Infante pide la devolución de la Catedral de Córdoba al islam. No lo insinúa: lo escribe, y lo llama «restitución», porque para él la mezquita fue robada.

Segundo, la definición de quién es andaluz. Aquí está la frase que debería figurar en cualquier debate sobre este hombre:

«Los hechos son: un millón doscientos mil andaluces musulmanes y mosaicos se extienden desde Tánger a Damasco» (p. 140).

Un millón doscientos mil «andaluces», desde Tánger hasta Damasco. Para Infante, el musulmán de Siria o de Marruecos es más andaluz que el andaluz católico de Écija. La nacionalidad no la da el territorio ni la ciudadanía: la da la genealogía religiosa. Ese mismo párrafo se apoya en el «Congreso del Comité insurreccional de los pueblos de Oriente» y reproduce, con aprobación, la arenga de un tal Abel Gudra en Delhi: «La sublevación india es un episodio de la gran batalla. Las agitaciones de África, lo son también. ¡Desengañaos! Nada adelantarán los pueblos esclavizados de Afro-Asia, mientras que en la tierra sagrada de España no llegue a abrir los ojos, nuestra cabeza, Andalucía!» (p. 140).

Andalucía como cabeza de la insurrección afroasiática. Él lo llama, sin rubor, «pan-andalucismo» (p. 140), y remata: «en lo porvenir nos está reservado el destino de llegar a operar la gran síntesis entre el Oriente y el Occidente» (p. 140).

Tercero, y más grave, Marruecos. Página 141:

«¿Se comprende, ahora, bien por qué aspiramos a que Marruecos, el Marruecos hoy sometido al protectorado de España, llegue a ser verdaderamente protegido, viniendo a formar un estado autónomo federado con los demás andaluces, dentro del gran Anfictionado de Andalucía?» (p. 141).

Marruecos, federado con Andalucía. En 1931, con la sangre del Rif aún fresca, el «padre de la patria andaluza» propone integrar el protectorado en una confederación andaluza. Y sigue: «pedimos el que el Estado español delegue en Andalucía la relación internacional con los pueblos de Oriente» (p. 141). Es decir: que España ceda su política exterior con el mundo islámico a una región.

Y en la misma página, la propuesta que hizo como vocal en la reforma agraria republicana:

«propuse la fórmula de que se considerasen como españoles, a los efectos de la reforma y en cuanto al fin de la distribución de las tierras que se llegasen a expropiar, a los descendientes de familias españolas, musulmanas y mosaicas, expulsadas de la península por intolerancias pretéritas» (p. 141).

Repartir tierra española expropiada entre descendientes de moriscos y judíos expulsados hace cuatro siglos. Y añade, con satisfacción, que llegó a votarse favorablemente y a insertarse en la Ponencia, aunque después desapareció del proyecto (p. 141).

Ya en la parte doctrinal, al describir la estructura institucional que desea, el modelo no es europeo ni español: es andalusí. Las libertades municipales «se regían libremente, durante al-Andalus»; la justicia debe ser «sin trámites prefijados, y absolutamente gratuita. Así fallaban nuestros jueces o cadíes» (p. 154). Cadíes. La judicatura islámica como modelo del futuro Estado.


V. La confesión: «¿Os fundáis vosotros en al-Andalus?» «¡Sí!»

Todo lo anterior podría discutirse como retórica. Lo que viene ahora no admite discusión, porque es Infante confesando por escrito que durante veinte años ocultó deliberadamente su verdadero objetivo.

Primero, la escena. Un político catalán le hace la pregunta directa:

«Recuerdo que en cierta ocasión, ya hace muchos años, llegó a preguntarme: “¿Os fundáis vosotros en al-Andalus?”. Y que muy parcamente, sin añadir una palabra más, yo hube de contestarle: ¡Sí!» (p. 130).

Y dice que era «el secreto que guardábamos cuidadosamente (y ya diré más adelante la razón de haber llegado a mantener este secreto)» (p. 130).

Doce páginas después cumple la promesa, y esto es el centro de gravedad de todo el libro:

«Si nosotros, en el ambiente de aquellos años, hubiésemos llegado a hablar tan claramente como ahora (…) un vacío de ironía hubiera venido a helar nuestra creación. La pretensión claramente expuesta de restaurar al-Andalus, en Andalucía, actualizando sus inspiraciones esenciales, habría venido a determinar el que se llegasen a reír de nosotros, y a que, por lo menos, nos tuviesen por locos que pretendíamos volver a vestir de moros y resucitar en nuestro país el Islam» (p. 142).

Léalo dos veces. El objetivo era restaurar al-Ándalus en Andalucía. Lo calló porque le habrían tomado por loco. Y lo dice él, no nosotros.

En la misma página explica la táctica del disimulo con detalle profesional: el regionalismo «era, cuando nosotros llegamos a surgir, un partido político más. Y a esta oportunidad nos acogimos» (p. 142). Ideal Andaluz fue, en sus propias palabras, «un libro pragmatista», en el que se limitó a demostrar «que debíamos sentirnos orgullosos de nuestra ascendencia semita, y considerar como propia la maravillosa cultura creada por al-Andalus», pidiendo mientras tanto sólo «una autonomía meramente administrativa» y «la compatibilidad de la unidad española con las autonomías regionales» (p. 142).

Ahí está la mecánica al desnudo: pedir autonomía administrativa mientras el objetivo real es otro. Y la propaganda del Centro Andaluz operaba igual: «íbamos manifestando, veladamente, la verdad; y la comprendían aquellos que podían llegar a comprenderla» (p. 143). Los que no daban la talla «recibían únicamente educación política regionalista, al uso» (p. 143). Dos niveles de doctrina: uno para los iniciados y otro para el público.

Hasta el nombre era un disfraz que arroja en cuanto puede. En nota al pie: «Siempre nos repugnaron estos nombres de nacionalismo y regionalismo. Hubimos de aceptar el último, por conveniencia circunstancial (…) Hoy, apenas hubieron de desaparecer aquellas circunstancias, fue sustituido ese nombre por el más exacto de “Liberalismo”» (p. 143).

Cualquiera que hoy invoque a Blas Infante como un buen regionalista moderado está citando el disfraz que él mismo declaró haberse quitado.


VI. Lo que pedía para la tierra: expropiación sin indemnización y cultivo colectivo

Se discute si Infante era «comunista». Es un debate estéril, porque nunca militó en el Partido Comunista y su fuente doctrinal declarada no es Marx, sino el georgismo del norteamericano Henry George. Pero el debate sobre etiquetas es un lujo que se permiten los que no han leído el programa. Y el programa está en las páginas 111 a 113, y es, punto por punto, colectivista.

Él mismo se sitúa: los fundadores del andalucismo eran «una peña o tertulia georgista» (p. 129), «unos hombres, que siempre habían atacado la injusticia de la propiedad de la tierra» (p. 129), cuyo lema —lo dice sin pestañear— era el de los anarquistas: «¿Pero qué es esto de “Tierra y libertad”, resumen de esta idea central y objetivo el más próximo regionalista, de que la tierra de Andalucía se venga a entregar al jornalero andaluz?» (p. 128). Y añade por qué los ricos huían del Centro Andaluz: «¡Querer repartir las tierras a los jornaleros!» (p. 128).

Ahora, el detalle técnico. Lo que defendió en la subcomisión de latifundios de la reforma agraria republicana:

«Expropiación, sin indemnización de los Estados territoriales, procedentes de la conquista de los terrenos usurpados durante la desamortización, y de los bienes de los pueblos» (p. 112).

Expropiación sin indemnización. Y sigue, para las demás tierras: expropiación con pago en «bonos de liberación de tierras» (p. 112) —papel del Estado, no dinero— de todo lo «no cultivado, o que lo fueran insuficientemente, o que estuviese arrendado o en aparcería desde 1925» (p. 112). Es decir: prácticamente todo el arrendamiento rústico de Andalucía.

Y después, el régimen de explotación:

«Sindicación forzosa de campesinos (…) Estos sindicatos vendrían a erigirse en cooperativas forzosas (…) Discernimiento de las tierras de los ruedos a poseedores individuales, obligados a pagar la renta al Municipio, único propietario (…) Cultivo colectivo, por los mismos sindicatos, de las tierras alejadas de los núcleos urbanos (…) y explotación por medio de colonias agrícolas» (p. 112).

Sindicación forzosa. Cooperativas forzosas. El Municipio como único propietario. Cultivo colectivo. Colonias agrícolas. Y en su modelo institucional definitivo, el principio general: «nadie debe tener la tierra que no pueda cultivar» (p. 154), con «cooperación obligatoria» para aguas, abonos y maquinaria (p. 154).

Quien quiera llamar a esto «georgismo» está en su derecho. Quien lo lea sin diccionario verá abolición de la propiedad privada de la tierra, sindicato único obligatorio y explotación colectiva. Y en la industria pedía además «abolir la consideración del trabajo como mercancía», la entrada de sindicatos «en los Consejos de administración» y la municipalización de servicios públicos (p. 111).


VII. El elogio de la Rusia soviética y la liquidación de «la apariencia de la España católica»

Si alguien sigue dudando de dónde estaba situado políticamente este hombre en 1931, las páginas 114 y 115 lo resuelven. Al tratar lo que llama «Dolor de esclavitud de conciencia», es decir, la cuestión religiosa, Infante busca un modelo. Y lo encuentra:

«Rusia es lógica y acertada en este orden. La Iglesia Ortodoxa y su política, han sido vencidos, llegando a concluir su monopolio (…) Con lo cual (…) quebranta y va reduciendo a nadidad el Poder político de la Iglesia Ortodoxa…» (p. 114).

«Rusia es lógica y acertada». Escrito en 1931, catorce años después de la revolución bolchevique, sobre la persecución religiosa soviética. Y continúa en la página siguiente analizando con admiración técnica la estrategia: «Es el “divide y vencerás”, la norma escogida por el Poder Soviético, con relación a este aspecto práctico de la gobernación» (p. 115). Cita incluso al comisario bolchevique de Instrucción: «Rusia tiene un Lunatscharki; han surgido allí los arquitectos de la nueva construcción» (p. 115). Y lamenta que en España «en vez de haber entrado a gobernar los arquitectos, siguen los políticos apoderados de la representación estatal» (p. 115).

Los «arquitectos» que él echa de menos en el poder son los bolcheviques.

Su única reserva con el modelo soviético no es la persecución del cristianismo, sino el vandalismo artístico: «¡ay de quien se atreva a profanar los valores artísticos!» (p. 115). Le duelen los cuadros, no las almas.

Y a continuación, el objetivo declarado:

«Por esto, en cuanto desaparezcan el Poder político de la Iglesia y los signos externos de este Poder, se habrá llegado a destruir la apariencia de la España católica» (p. 115).

Destruir la España católica. Y no es un desliz: en la misma página desprecia la religiosidad popular española como primitivismo —«España es un país que no ha sobrepasado aún el estadio localista de la religión. Pruébalo el que cada pueblo tiene un Dios local, una Virgen, un Cristo o un Patrón» (p. 115)—, y liquida el debate escolar de un plumazo: «En cuanto al problema de la denominada enseñanza religiosa, no hay más que sustituir estos términos por los de la enseñanza monárquica o plutocrática» (p. 115).

Coherentemente, su propuesta programática incluye un «Anuncio solemne de la terminación de tal monopolio, a nuestros hermanos los españoles sefardíes y musulmanes, expulsados de España por el monopolio romano» (p. 115). Los sefardíes y los musulmanes son «nuestros hermanos»; la Iglesia católica es «el monopolio romano». Con esas dos expresiones en la misma frase ya no hace falta seguir preguntando de qué lado se ponía.


VIII. La compañía que eligió: el anarquista Vallina y la disolución de las Cortes en «Convención»

El libro dedica un capítulo entero a defender a Pedro Vallina, el conocido dirigente anarquista sevillano cuyo apoyo a la candidatura fue precisamente lo que la hizo sospechosa. Infante no se distancia: lo abraza. Reconoce el problema —«el haberse llegado a pronunciar a nuestro favor, fue lo que sirvió de base al Gobierno y a las clases plutocráticas, para llegar a determinar nuestra empresa con caracteres terroríficos» (p. 161)— y responde con una hagiografía:

«Es preciso concluir de una vez para siempre, la leyenda del Tigre, como los privilegiados denominan a Pedro Vallina (…) este hombre, absorto en la adoración y en la defensa de la justicia y de la bondad; vivir insobornable (…) como si fuera una personificación de la santa fe inquebrantable en el advenimiento fatal de la justicia» (p. 161).

Llama al anarquista «apóstol de pureza inmaculada» y «este religioso andaluz» (p. 161). Cuando un notario respetable convierte en santo laico al hombre más temido de la Sevilla revolucionaria, no está haciendo un favor a un amigo: está declarando una filiación.

Y para el Estado, ¿qué pedía? No reformas. Pedía esto:

«No hay más que una salida (…): la de que las Cortes vengan a erigirse en Convención, asumiendo mediante Comisiones ejecutivas, todos los Poderes del Estado, hasta que la Revolución llegue a ser expresada y creados, con esta expresión, los fundamentos de la nueva normalidad española» (p. 157).

Convención. La palabra tiene un solo referente histórico: 1793. Un parlamento que absorbe todos los poderes del Estado a través de comités ejecutivos y gobierna sin límite hasta que la Revolución se consume. Es el modelo jacobino, nombrado por su nombre, en un libro que la Junta de Andalucía distribuye hoy gratuitamente. Y en la misma página lo justifica desdeñando la legalidad como «respeto provisorio a las leyes e intereses constituidos» (p. 157).


IX. Lo que dirán sus defensores, y por qué no basta

Seamos limpios, porque la fuerza de este artículo está en las páginas, no en los adjetivos. Los defensores de Infante tienen tres argumentos, y conviene conocerlos antes de que los usen.

Primero: dirá que amaba a España. Y hay frases para sostenerlo. El prólogo de la Junta Liberalista afirma trabajar «por Andalucía, esencia de España» (p. 82), y en el mismo libro se lee que la finalidad es «la mayor gloria de España» (p. 140). Su lema fue «Andalucía, por sí, para España y la Humanidad» (p. 128). Pero repárese en qué España. La suya es «la España nueva, por Andalucía» (p. 82), a la que se llega destruyendo «la apariencia de la España católica» (p. 115), liquidando la obra de Isabel y devolviendo la Mezquita al islam. Amar a España a condición de sustituirla por otra no es amar a España: es sustituirla. Y el propio libro admite que en «el caso de una liquidación nacional» Andalucía sería la que menos tendría que temer.

Segundo: dirá que no era separatista. Cierto: escribe que su nacionalismo es «no exclusivista», «internacionalista, universalista», y llega a llamarlo «un nacionalismo antinacionalista» (p. 128), presumiendo de que en su Estatuto se leía «En Andalucía no hay extranjeros» (p. 128). Pero ese universalismo no es un freno: es un disolvente aún más potente. No quiere una Andalucía fuera de España; quiere una Andalucía que sea la cabeza espiritual de Oriente, con Marruecos federado y la política exterior española delegada. Eso no es menos que el separatismo. Es otra cosa, y es más.

Tercero: dirá que no era comunista. Y es verdad que no lo fue en el sentido de carné y de partido. Pero quien haya leído las páginas 112 y 114 sabe que defendió expropiación sin indemnización, sindicación forzosa, cultivo colectivo, el municipio como único propietario, la disolución de las Cortes en Convención revolucionaria y el elogio explícito del «Poder Soviético» como modelo de política religiosa. Discutir la etiqueta mientras se acepta el contenido es un juego de trileros.


X. Conclusión: no lo prohíban, léanlo

No pedimos que la Junta de Andalucía retire este libro. Al contrario: le agradecemos sinceramente que lo haya puesto en abierto, en PDF, gratis y bien editado, porque hasta ahora este hombre se defendía con estatuas, calles, un himno y un día festivo, y las estatuas no tienen páginas que se puedan citar. Ahora sí las hay.

Y lo que hay en ellas es esto: un autor que llama «bárbaros» a los españoles, «robo, asesinato e incendio presididos por la Cruz» a la Reconquista, «bárbara, grosera, fanática, hipócrita» a Isabel la Católica, «hermanos» a los musulmanes de Damasco y «monopolio romano» a la Iglesia; que pide la devolución de la Mezquita de Córdoba, la federación de Marruecos con Andalucía y la delegación de la política exterior española; que propone expropiar sin indemnizar y cultivar en colectivo; que admira a la Rusia de Lenin y propone una Convención jacobina; y que confiesa, negro sobre blanco, que durante veinte años ocultó su verdadero fin porque le habrían tomado por loco si hubiera dicho que pretendía «resucitar en nuestro país el Islam» (p. 142).

Todo eso lo escribió él. Nosotros sólo hemos puesto los números de página.

Ahora que la calumnia dejó de ladrar; español, lee y medita (p. 83).


En la próxima entrega: «La dictadura pedagógica», o cómo Blas Infante planeó fabricar un pueblo nuevo desde la escuela.

Blas Infante

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