“Vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras” (Juan 20, 1-9).
¡Cristo ha resucitado!, celebramos el paso del Salvador en nuestra vida, en la humanidad necesitada de su consuelo y del testimonio alegre de la fe de los cristianos, que se fundamenta en la Resurrección del Señor. El Evangelio nos muestra también la sorpresa del discípulo que encontró el sepulcro vacío: “Vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos” (Juan 20, 8-9). Un signo que le ayuda a entender la promesa de la Redención, que hoy también entendemos como la señal del Dios vivo con nosotros.
El discípulo que entró vio el sepulcro vacío, primero tuvo que correr para encontrarse con esa realidad. Como también debemos apresurarnos siempre a ir al encuentro de las realidades que nos invitan a dejar actuar al Señor, pues como lo recordó el Papa León XIV en la homilía de la Vigilia Pascual: “el Resucitado es el mismo Creador del universo que, así como en los albores de la historia nos dio la existencia de la nada, así también en la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha dado la vida”.
Es un llamado a la fe, pues el que “vio” de inmediato “creyó”. Al saber que Jesús está vivo crece el deseo de encontrarse con Él, para ser ante el mundo testigo del Resucitado que vence la oscuridad del pecado para darnos nueva vida.
Comienza el tiempo litúrgico de la Pascua, un camino en el que deseamos que arda nuestro corazón al ver al Jesús vivo y presente en la Eucaristía, en la Sagrada Escritura, y en el encuentro con el prójimo; fortaleciendo así nuestra fe, ya que creer en la Resurrección es creer en el Dios vivo y en la misión que nos corresponde como sus testigos, como aquel que “Vio y creyó”.
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